lunes, 25 de julio de 2011

Avión de ayuda humanitaria para el blanco perfecto.

Sí, mi huella ecológica debió dispararse. Mi querida Organización de Naciones Unidas, por medio de su UNHAS (United Nations Humanitarian Air Service), me trajo finalmente hasta Zínder. No debíamos ser ni 15, y no 30, 40 ó 50… El viaje duró 2 horas, y no 15 o más. La temperatura era agradable, y no hacía un calor que llegara a lo incómodo. Reinaba la calma, y no había niños llorando ni ovejas ni gallinas correteando por el pasillo. Así no tiene gracia. Fue un viaje confortable y no la aventura que imaginé. El bus quedará para otra vez…

“Fíjate que en 15 horas de autobús es muy fácil tenerte localizado” “la cosa es que son los propios nigerinos, te cogen y luego te venden” “¿a Zínder? pero allí no se puede ir ahora, ¿no?” “igual no te matan, pero te queda un susto para toda la vida” “el riesgo es bajo pero es” “los franceses valen 12.000, el resto de blancos 6.000”.
Vale ¡VALE! Voy en avión... ¡pero voy! Y eso que el mundo iba a ser un lugar más seguro con la muerte de Bin Laden…

Y así llegué a la antigua capital y actual segunda ciudad del país, Zínder, que la verdad, pinta de peligrosa no tiene. Aunque me llenaron tanto la cabeza que a veces cuando la gente me mira (y lo hacen mucho), pienso: “eh tú, cabrón, no estarás pensando en los 6.000 euros que puedes sacar a mi costa, ¿no?!!” Después me río y sigo andando.

Y es que en tiempos más tranquilos hubo aquí mucho nasara, pero a día de hoy sólo quedan los de la excepción, que pueden contarse con los dedos de una mano. Por lo tanto somos una rareza en la sociedad zinderina.

Así es que tras una ¡bonne siest! salí a recorrer las calles de mi nueva ciudad. La misión católica en la que me alojo está en el centro de la ciudad, por lo que pude tener un primer contacto con algo que me llamó mucho la atención: el alocado tráfico que reina en la zona. Es más alocado el tráfico por alocado que por intenso. Cierto es que hay muchas motos, pero más que el cuánto es el cómo. Las calles parecen anchas pistas sin ley en las que simplemente si puedo meterme me meto, y al meterme voy a tocar el claxon, sí, voy a tocar el claxon aunque no tenga sentido, voy a tocar el claxon, ¿qué pasa?, constantemente voy a tocar el claxon. Y cierto es, constantemente tocan el claxon.

Después de 5 minutos conseguí cruzar la calle y llegar a la avenida principal. Allí la gente monta en las anchas aceras de tierra sus diversos e informales puestos de venta. Aunque mucho no pude ver… El cielo, que estaba más bien gris, empezó a tornarse más bien marrón. Se vino el viento y se levantó la tierra. Esto es lo que llaman una tormenta de arena. Y yo, hombre de mundo, me dije: “¡Ahá, se aproxima la lluvia! ¡Cuánto sé!” Pero la gente no se movía. “Una de dos: o yo sé algo que vosotros no sabéis, o vosotros sabéis algo que yo no sé”. Me pareció más lógica y humilde la segunda opción, así que con arena en ojos y boca seguí caminando.

Mujeres sentadas freían y hombres de pie asaban, aunque nadie parecía parar a comer. Jóvenes cargaban y descargaban camiones. Conductores de pequeños autobuses jugaban al tetris para encajar a sus clientes y sus maletas y que nadie quedara en tierra.

De repente, sin ningún aparente nuevo cambio, la gente empezó a recoger, a caminar rápido, a esconderse, a desaparecer… La lluvia no tardó ni un minuto en caer.
¿Cómo lo supieron? ¿Qué vieron ahora que yo no vi? ¿Qué notaron que yo no noté? ¿Por qué carajo tocarán tanto el claxon las malditas motos?
Queda mucho por aprender, al fin y al cabo este no era más que mi primer día en mi nueva querida ciudad de Zínder.

Taxi en Niamey

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jueves, 7 de julio de 2011

¿Que cuánto estaré en Niamey? Pues una hora, digo... 8 días.


Y al quinto día apareció la mochila. Pensándolo bien me alegro de que haya desaparecido unos días, eso me permitió conocer Niamey, su ruido, su caos, sus toyotas, su tierra, su gente, mucha gente. Primer paso por una capital africana, y no empezaba muy bien, ni siquiera había sido planeado. La curiosa costumbre que parece tener la Royal Air Maroc de enviar a los pasajeros y a sus maletas por separado me hizo perder el bus a Zinder, y me hizo conocer a madame Raila, lentísima, seria, pero simpática trabajadora del aeropuerto que tuvo la amabilidad de acompañarme a la embajada de España (a cambio, eso sí, de un regalito de 5 euros que no dudó en pedirme).

Afortunadamente conseguí mantener la calma, ¡nada de estresarse en África!, y esto fue fácil gracias al buen trato recibido en la embajada. Rápidamente conseguí asesoramiento, consejos, y hasta alojamiento hasta que apareciera mi mochila y pudiera continuar viaje. ¡Qué gente tan maja! y por cierto… ¡qué calor! El sol apareció para caer sobre mí. “Esto no es nada, si hubieras llegado hace un mes…” Supongo que me habría derretido.

Una tormenta casi tropical se asomó al Sahel para empapar Niamey en mi primera noche. Bendita agua, pero la ciudad no parece estar preparada para esto. La tierra se convierte en barro y las calles en una incómoda sucesión de charcos.

Los mercados rebosan vida. Al grito de ¡Nasara!, artesanos, sastres, verduleros, fruteros, carniceros… ven despertar sus mejores técnicas de venta al ver pasar al blanco. Este seguramente vaya rodeado de niños que venden chicles, bolsas… que piden regalos, que se ofrecen para cargar su compra. Nasara no está solo en el mercado. A nasara le gustaría ser uno más, le gustaría no tener forma de dólar. Le gustaría que no intentaran timarle o robarle (inocentísimo intento).

Pero sobretodo me gustaría que esta gente estuviese más atendida, que no hubiese niños, minusválidos, ciegos… pidiendo en las calles. Que los organismos locales e internacionales trabajaran por erradicar tan dolorosas desigualdades (y lo consiguieran).

Tras más de 60 años de unión de naciones, de derechos humanos, de ayudas oficiales al desarrollo, de proyectos de cooperación, de programas mundiales de alimentación, bancos mundiales, fondos monetarios internacionales, objetivos del milenio, misiones, caridad, solidaridad… el día a día sigue siendo este. Parece que algo se hizo y está haciendo mal.

Níger ilumina los hogares europeos alimentando las centrales francesas con su uranio, mientras el país más pobre del mundo sigue viviendo en la oscura realidad de la pobreza y el hambre.